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Ontario

A medio camino entre todo y nada, la ciudad estadounidense de Ontario, en realidad un pequeño pueblo de poco más de 162,000 habitantes, luce como una estación de paso hacia las ciudades más importantes del sur de California. Los Ángeles se localiza 56 kilómetros al oeste y Anaheim a un poco menos. Si el destino final de un viajero es alguna de esas dos ciudades, inevitablemente tendrá que mirar en la autopista algún anuncio con la siguiente leyenda: Welcome to Ontario.

Enclavada en un valle donde la actividad vitivinícola en algún momento de su historia fue la más importante, Ontario se aleja en el horizonte como si pareciera no tener fin. Y de no ser por la cadena montañosa que la cerca y acaso pudo servir de protección natural en los tiempos en que carecía de nombre y los indios americanos pululaban en la región, acaso esta ciudad continuaría extendiéndose al infinito.

Ontario se llama así en honor a la ciudad canadiense del mismo nombre. Hoy en día es un importante centro comercial e industrial en el que la fabricación de autopartes para avión, plásticos, acero y material eléctrico lleva primera mano. Es también la sede de un importante centro comercial de outlets, que bien podría compararse con un parque temático de la moda. Por lo demás, y desafortunadamente, resulta un lugar donde los enormes viñedos que rodean estratégicamente a la ciudad -cuya ensoñación inspiró en 1882 a George y William Chaffey (los primeros pobladores del lugar) a conseguir la irrigación de la zona para establecer ahí un importante centro vitivinícola-, se han convertido en un atractivo turístico nostálgico y melancólico, antes que cualquier otra cosa.

Parques de atracciones, campos de golf, montañas, lagos y casinos la rodean como si Ontario fuese dueña de una fuerza de atracción similar a la de un planeta pequeño y desconocido.