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Monterrey

Monterrey se encuentra resguardada por la Sierra Madre Oriental como si se tratase de una fortaleza. La montaña más famosa de las que cuidan el valle ostenta en su cima la forma de una silla de montar por lo que se le conoce como Cerro de la Silla. Es precisamente esa singularidad de la montaña-cerro el símbolo más característico de la segunda ciudad más poderosa de México en materia de industria y finanzas, y la tercera en cuanto a cantidad de habitantes. En noches oscuras o en días nublados, la silueta del Cerro de la Silla recortándose en el horizonte apuntala el orgullo de los regiomontanos y se yergue desafiante como el heraldo de un rey.

San Luis Rey de Francia fue el primer nombre que le dieron los españoles a la ciudad, en 1579. Y tan sólo 17 años más tarde, en 1596, se convirtió en la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey. Su ubicación, lejos de las demás ciudades del país, las constantes inundaciones que padecía debido a su vecindad con el Golfo de México, y los continuos ataques de las tribus indígenas, postergaron notablemente su desarrollo.

Sin embargo, y a raíz de un suceso paradójico (la derrota de México durante la guerra con Estados Unidos en 1948 que trajo consigo la pérdida de Texas), Monterrey se convirtió en una ciudad próspera. El desplazamiento de la frontera al Río Bravo, a tan sólo 160 kilómetros de la ciudad, sirvió a Monterrey para capitalizar esa nueva vecindad con Estados Unidos -especialmente durante los años de la Guerra Civil de ese país-, a la vez que servía de puente con la lejana ciudad de México y los puertos de Tampico y Matamoros.

Así, florecieron las industrias siderúrgica y metalúrgica, la población se multiplicó, la cultura pasó a ser un activo más de la ciudad y, un buen día, Monterrey se convirtió en la principal ciudad del norte de México. Todo eso, mientras seguía el modelo dictado por la capital, a la vez que calcaba los modos y costumbres de las ciudades vecinas en Estados Unidos. No es casual que ciertas zonas de Monterrey tengan el mismo aspecto de algunas metrópolis norteamericanas. En el centro de la ciudad verá una gran cantidad de edificios altos, mientras que en las regiones que lo rodean los rascacielos son inexistentes.

La notable y austera belleza de su Barrio Antiguo, por ejemplo, contrasta con la fastuosidad de la Macroplaza, una enorme ciudadela donde confluyen hoteles, oficinas de gobierno, bancos y museos. Sin embargo, si algo define a Monterrey son justamente sus contrastes; sin ellos cuando mucho se hablaría de una ciudad industrial y no de lo que realmente es: una metrópolis boyante de 424 años de antigüedad.