Avolar

Vuelos y Guías de Turismo

Avolar

Lima

Cuando un extranjero llega a Lima lo primero que pregunta es: ¿a qué hora va a llover? Y cómo no preguntarlo, si del cielo limeño cuelgan nubes oscuras y siempre luce como si estuviese a punto de soltarse un chaparrón, con un color grisáceo “como la de la panza de un burro”, según los limeños más ácidos. Curiosamente, en Lima no llueve nunca, sólo cae una fina “garúa” ocasionalmente: una especie de goteo del cielo, producto de la niebla y la humedad típica del litoral que se genera por la corriente marina de Humboldt.

Pero claro, cuando la capital de Perú fue fundada en la fiesta de la Epifanía, el 18 de enero de 1535 por Francisco Pizarro, era pleno verano y seguro el conquistador creyó (o le dijeron) que el clima era así todo el año: soleado y fresco. La venganza es dulce, dicen las malas lenguas y Taulichusco, antiguo cacique del valle del Rímac (vocablo quechua que significa “río hablador”) fue probablemente quien le mal informó, vengándose así del español. Lo cierto es que Lima se convirtió rápidamente en la capital del poderoso Virreinato del Perú, sin lluvia y con mucho desierto a su alrededor, y se le llamó “la ciudad de los reyes” o “la tres veces coronada villa”. Y fue durante mucho tiempo una de las urbes más ricas e importantes del continente americano.

Cuatro siglos y medio después, la capital peruana es una ciudad llena de historia que, a su vez, convive con una realidad muy lejana a la de los virreyes y la opulencia colonial. Situada al borde del desierto costero, en la región central del país, alberga un tercio de la población total de la república peruana. La riqueza y la pobreza están altamente concentradas en la capital. Pese a ello, esta gente, “los nuevos limeños”, se van forjando un porvenir en la gran ciudad, con mucho esfuerzo y tesón. Así, Lima es una ciudad de extremos: barrios suntuosos y elegantes, o avenidas flanqueadas por edificios ultra modernos, pero también zonas donde se concentran los marginados.

Lima custodia lo mejor del arte prehispánico y virreinal, arquitectura impresionante de varias épocas, una oferta gastronómica inigualable en todo el continente y la “juerga” o diversión nocturna perpetua, para todos los gustos y todos los bolsillos. En efecto, es la gran puerta de ingreso a Perú: un paso obligado repleto de sabores increíbles, olores seductores y colores que avivan un lugar que ningún viajero debería dejar de explorar y conocer.