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Chicago

Decir que Chicago se canta a ritmo de jazz es un lugar común, pero qué puede hacerse ante una situación evidente. Que al sortilegio de su nombre, las imágenes de Al Capone, Elliot Ness y los años de la prohibición se sobreponen una a la otra como pugnando por ser la primera referencia de esta ciudad en la memoria colectiva, es también un cliché, pero tampoco hay forma de evitarlo. Sin embargo, hoy en día Chicago es mucho más que eso en la historia, en la memoria y en lo de que de esta metrópolis se proyecta hacia el futuro.

“Chekaugou”, voz de los indios potawatomi, cuyo significado aún es materia de debate y oscila entre “cebolla silvestre” o “hierba del pantano”, es la raíz etimológica del nombre de esta ciudad cuyos primeros visitantes europeos fueron los exploradores franceses Jacques Marquette y Louis Jolliet en el año 1637. Lo que ahí encontraron fue un pantano, un gran lago y las aguas de los ríos Illinois y Mississippi que los nativos utilizaban como canales de navegación para comerciar por toda la zona. Jolliet, en ese entonces, aventuró un presagio: “Un día aquí se levantará una de las ciudades más imponentes del mundo”. Pasaron más de 140 años antes de que su declaración empezara a tomar forma. Fue en 1779 que un comerciante, de origen francés -acaso nacido en Santo Domingo-, y de nombre Jean Baptiste Point du Sable, se estableció en la zona norte para convertirse en el primer habitante de “Chekaugou”.

Lo que vino después no lo pudieron imaginar ni Jolliet ni Point du Sable. El comercio se consolidó en la región y, en 1837, contando con poco más de 4,000 habitantes, Chicago adquirió el estatuto de ciudad y empezó a transformarse rápidamente. Sin embargo, en 1871, un voraz incendio destruyó cerca de 10 kilómetros cuadrados del casco urbano. Fue sólo hasta que la barrera natural del lago Michigan se le opuso que el fuego se extinguió. Pero era demasiado tarde. En la ciudad no había más que cenizas. Cerca de 300 personas murieron en el incendio y poco más de 90 mil quedaron sin hogar. The Water Tower, una construcción que se levanta en el cruce de las avenidas Michigan y Chicago fue el único edificio que permaneció en pie. Consecuentemente, se convirtió en el símbolo de la ciudad y apuntaló la frase que definiría en adelante los afanes de la gente de Chicago: “I will” (lo haré).

Luego vendrían los inmigrantes, los barrios obreros, la industrialización de la ciudad, los años de la prohibición, el comercio ilegal de alcohol, las bandas de gángsters lideradas por Al Capone, así como también la época de la gran depresión, el jazz y la edificación de los grandes rascacielos.

Orgullosa de sus orígenes y voluntariosa como ninguna, la ciudad de Chicago aprendió de la tolerancia, y aún hoy sigue sus dictados a ritmo de jazz, mientras el escucha contempla en el ámbar del bourbon que está bebiendo el reflejo de la cantante que homenajea con su voz a Billie Holiday. La ciudad yace ahí, a orillas del lago Michigan, en el mismo sitio en el que hace más de 350 años un hombre aventuró que habría de levantarse algún día una de las ciudades más imponentes del mundo.